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Nadie sabe que pueden dos cuerpos: Un Poyo Rojo en el Metropolitan
Por Laura Lorena Feijoó @lauralorenafeijoo

Foto gentileza de Hermes Gaido
Hacer una nota acerca de Un Poyo Rojo no es solo volver sobre la obra, es volver sobre una forma de mirar el cuerpo. Quien escribe, escribe desde una necesidad doble: presentar el espectáculo, pero también hacer visible la experiencia de quien lo mira, desde la huella que dejan en ese fluir que es la vida.
Bajo esa misma mirada que se resiste a lo inamovible, Un Poyo Rojo volvió a escena en 2026 confirmando una trayectoria construida con persistencia, precisión y una poética del cuerpo que es sello propio. Creada en Buenos Aires por Nicolás Poggi, Luciano Rosso y con dirección de Hermes Gaido, la obra nació hacia 2009 como una búsqueda escénica a la que en 2011 se sumaría Alfonso Barón - terminando de consolidar la mítica dupla junto a Rosso - que fue creciendo hasta convertirse en uno de los espectáculos más singulares y perdurables del teatro físico argentino.
Desde sus inicios, la pieza se sostuvo sobre una intuición clara: hacer del cuerpo un territorio de sentido, de humor, de tensión y de ternura. Lo que comenzó como un trabajo casi de laboratorio, entre el teatro, la danza, el gesto, el deporte y la comicidad, terminó por consolidarse en un lenguaje escénico reconocible, capaz de emocionar sin abandonar la precisión. Ese recorrido no fue inmediato ni casual, sino el resultado de un trabajo artístico constante, de una escritura corporal minuciosa y de una escena que supo encontrar su forma con el tiempo.
Y quizás sea el tiempo el que ha terminado por darle la razón a esa búsqueda inicial. A lo largo de los años, la obra acumuló más de mil funciones y recorrió escenarios de Argentina y del exterior, lo que habla no solo de su recepción, sino también de la solidez de un camino construido con oficio. En ese tránsito, la obra no perdió frescura: al contrario, ganó espesor, memoria y una extraña capacidad para seguir interpelando al público desde un lugar cercano y profundamente humano.
Este espesor acumulado nos devuelve, una y otra vez, a la pregunta fundamental por la carne, lo que puede un cuerpo: destreza, intensidad, control y despilfarro. La maravilla de presentar el cuerpo en sus posibilidades, interactuando entre sí y con el público, generando un diálogo. La pieza conjuga espectáculo y poesía, humanidad. En esa combinación aparece una de sus mayores virtudes: volver extraordinario lo cotidiano sin perder ternura.
Porque lo extraordinario no necesita de grandes artificios; se manifiesta, más bien, en la majestuosidad de lo simple, gestos cotidianos, mínimos y grandilocuentes, desde mover un dedo, señalar, hasta hacerlo girar por el codo o el hombro, y parecer que el brazo se va a salir. Las posibilidades son animalescas, y en el fondo, lo somos. Esa línea de trabajo vuelve visible una poética del exceso y del detalle, donde cada movimiento parece ir del juego al abismo en cuestión de segundos.
En ese abismo lúdico, la corporalidad no actúa sola, la obra también se apoya en una construcción visual y sonora muy precisa. Un ojo que mira, se pone bizco, se abre, se cierra, se enfoca y desenfoca; saca la lengua, y no se sabe si es una postura de yoga, Simhasana, o una expresión cotidiana. Ese desliz entre códigos produce un efecto central en la obra: desacomodar la percepción y devolver al espectador la pregunta por lo que siente, lo que ve y lo que reconoce en escena.


Foto gentileza de Hermes Gaido
La radio, elemento tan analógico, remite a una memoria compartida, especialmente para quienes pasaron los 35 y reconocen en ese sonido una infancia tecnológica y doméstica. El objeto y el sonido acercan al vivo, a lo que ocurre hoy en ese dial, y alejan de lo táctil. Acercan, también, al absurdo necesario de estar vivos. En esa operación, la obra trabaja con lo inesperado y con lo que se espera, alternando códigos estéticos, lógica deportiva y clima de vestuario, como si la vida pudiera presentarse desnuda en escena.
De esa tensión entre el entrenamiento y la intimidad surge la genialidad de incluir un lenguaje codificado, como las artes orientales, el rap, la moda, la danza, y jugar con la expectativa. La vida como un gimnasio, la casa como un locker. El amor, el odio. Reivindicar las pasiones, incluso las “pasiones tristes” que limitan la comprensión y la acción. Ahí se vuelve central la dimensión afectiva: lo que se muestra no es solo una técnica, sino una forma de relación, un modo de exponer tensiones, deseos, rivalidades y acercamientos.
En definitiva, se trata de celebrar lo que puede un cuerpo. Lo que dice. Lo que comunica y dialoga. Lo que comparte. Los lugares comunes de ellos y nosotros. El contagio con el público: en el Metropolitan, quienes asistían replicaban los sonidos guturales realizados por los intérpretes como ecos. ¿El contagio llega a la ternura? La ternura. El beso final, porque quizá al final todos nos merecemos un beso. Esa resolución, entre humor y afecto, deja abierta una de las claves de la obra: la posibilidad de que el espectáculo no termine en la carcajada, sino en una forma de reconocimiento mutuo.
Gracias especiales a Tatiana Martinez por la invitación.


Foto: Teatro Metropolitan 14 de Julio 2026